Cuando acabé de escribir Despertar, relato corto que presenté en la Bienal de Arte Joven, varios me pidieron que por favor lo publicara una vez que se haya terminado el evento. Hoy recibí el correo donde aparece la lista de los premiados, así que ya estoy en condiciones de publicar mi aporte donde desee.

Despertar es el segundo relato que escribo para un concurso. El primero fue Crepúsculo, hace ya un tiempo, y espero presentar un tercer relato en estos días para otro evento. Ojalá les guste:

***

Despertó, de repente, y pudo ver su rostro reflejado en la pantalla que tenía frente a él. Las manos estaban heladas y sus piernas pedían a gritos un poco de movimiento. Afuera, el silencio le permitía escuchar los pequeños susurros del viento y la melodía de los pájaros.

La computadora estaba suspendida y a su lado una taza blanca despedía un aroma adictivo. La espuma era el suave espejismo del café marrón que esperaba ese primer sorbo para mantenerlo despierto todo el día.

Caminó con pesadez cada rincón de la habitación, pero no pudo distinguir nada familiar en ella. La sentía perdida en el tiempo, inalcanzable. Llegó hasta el centro, mirando a sus pies caminar con torpeza, y retrocedió hasta dejarse caer sobre la silla.

En la mesa encontró hojas esparcidas por todos lados. Algunas estaban en blanco pero otras tenían capítulos escritos de una historia que no alcanzaba a leer. Un pequeño lápiz se veía en medio del desorden, junto a una goma de borrar que parecía intacta. Debajo, un tacho de basura repleto de bollos de papel.

Volvió a levantarse, sintiendo el leve crujido de la rodilla al enderezarse, y caminó hacia la cocina. Un cosquilleo lo estremeció. El sol iluminaba desde uno de los ventanales, pero el frío seguía haciendo de las suyas. Del otro lado, el silencio parecía cubrirlo todo.

Algunas hojas se dejaban ver por entre las grietas del ventanal y se movían de un lado a otro, jugueteando con el viento. El murmullo molesto de los vecinos se había extinguido, dando paso al tintineo de un adorno solitario.

Intentó acomodar las ideas en su cabeza, pensar en una trama para aquellas hojas desparramadas sobre la mesa, pero un celular lo distrajo. Salió nuevamente hacia la sala, siguiendo el sonido de una canción de rock que incitaba a la violencia y el descontrol.

Frente a un enorme mueble, se detuvo. El celular se había callado, pero la atención que generó en él había valido la pena. Con el índice palpando cada ejemplar, recorrió los libros de la biblioteca y los fue abriendo uno por uno.

Se sentía atraído por la trama cambiante que John Grisham le proponía, y descubría nuevas formas de matar con las historias de Agatha Christie. También experimentó el peso de la realidad que Rodolfo Walsh desmenuzaba en cada uno de sus párrafos.

La lectura lo mantuvo allí largas horas, mientras el sol reclamaba algo de atención e iba cayendo detrás de los viejos edificios. Luego de un tiempo, la biblioteca le pareció demasiado chica y sus ojos comenzaron a escudriñarlo todo otra vez.

Ahora la habitación le era mucho más familiar. Reconocía los rincones gastados y cada uno de sus secretos. Caminó de un lado a otro, lleno de curiosidad, y buscó refugio debajo de un enorme cuadro que lo miraba, divertido.

El paisaje estaba pintado con delicadeza, pero en el fondo la dureza del artista se hacía notar. Admirado, comenzó a disfrutar de sus majestuosos árboles y del lago cristalino que ofrecía un reflejo perfecto de los pájaros que exploraban el cielo.

La escena del cuadro lo llenaba de interés y, así como con la biblioteca, la curiosidad volvió a llenar su mente. Comenzó a inventar sus propios personajes y a dar rienda suelta a su imaginación. Pero no le era suficiente.

De pronto lo supo. Tenía que atravesar la puerta que lo mantenía lejos de la realidad; palpar las paredes frías del exterior y recorrer con sus ojos los cruces vacíos, sentir el viento golpear y jugar con el silencio que la noche ponía sobre el tablero.

Un pequeño ruido metálico y ya estaba escaleras abajo. El chasquido de sus zapatos contra el suelo era lo único que podía escuchar. Mientras tanto, el viento se divertía con su cabello y sus manos buscaban refugio en los bolsillos descosidos del pantalón.

Caminó por la noche, sin destino, buscando inspiración en los rincones oscuros y en el juego de sombras que los árboles formaban en medio de la calzada. Algunos perros cruzaban frente a él, mirando con curiosidad pero sin sobresalto.

Al llegar a una de las esquinas, oyó un pequeño crujido. Se detuvo en seco y descubrió que alguien estaba siguiendo sus pasos. La entrada de una vieja casa le sirvió de refugio y se mantuvo al acecho, respirando con dificultad por culpa del sobresalto.

La niebla comenzó a aparecer frente a sus ojos, y la silueta de un hombre emergió de ella, doblando la esquina y dirigiéndose hacia él. El corazón se le aceleraba a cada segundo y sus pensamientos se volvieron confusos. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda y decidió salir de su escondite.

Frente a él, la sombra se había detenido y su acompañante lo miraba con desprecio. La noche cubría su espalda y podía ver un leve brillo en sus ojos, ocultos detrás de algunos mechones grises que le caían hacia adelante.

Palpó con impaciencia su bolsillo, y sacó lentamente la navaja que su padre había modificado para convertirla en un arma impredecible. Una leve sensación de tranquilidad recorrió su cuerpo y decidió hacerle frente al hombre que seguía parado delante suyo, desafiante.

En ese momento, la sombra dejó ver una pequeña y maliciosa sonrisa, acompañada de un susurro de advertencia que llegó a sus oídos y lo estremeció. Se había acabado el tiempo.

La navaja destelló contra la luz de la luna y el crujido de las hojas quebró la tranquilidad del lugar. Otro destello y ante sus ojos volvió a aparecer la habitación. Tenía las manos heladas y las rendijas del ventanal dejaban que el viento se deleitara con los sabores del interior.

Corrió a cerrarla, mientras miraba de reojo el cuadro sobre la pared y se preguntaba cómo había logrado llegar hasta ahí. Tomó asiento y miró el reflejo que la pantalla le daba de su propio rostro. Se veía agitado y confundido.

Prendió la computadora y la oscuridad del reflejo se hizo luz, mostrándole nuevamente los colores de la tecnología. Con el brazo derecho intentó palpar el ratón, pero sus dedos descubrieron algo más.

Sobre la mesa, lejos de la atención que sus ojos le prestaban a la pantalla, encontró la pila de hojas desparramadas y párrafos enteros de una historia que no había sabido terminar. Leyó algunas y se sintió estúpido.

En mitad de la noche, con el viento meciendo los árboles y despertando a los pájaros entre sus ramas, la pantalla dejó de alumbrar la habitación. Un pequeño chasquido acompañó el leve fulgor de la lámpara y el lápiz volvió a escribir sobre el papel.

– Y así terminamos con la historia de hoy. Apaguen esas velas y vayan hacia el lado oscuro del callejón. El toque de queda está vigente desde hace una hora. Ya lo saben.
– Sí, pero queremos que nos expliques quién era el hombre de la historia. ¿Qué sucedió con el otro, el de la calle?
– Nada de eso existió realmente. A veces la necesidad de encontrar una buena historia para contar nos hace ver cosas que nunca estuvieron allí, o soñar con otras que quizás nunca sucedan…
– ¿Y logró terminar lo que estaba escribiendo?
– Eso se los contaré en otro momento. Es tarde y los controladores están caminando la ciudad. Apaguen las luces y asegúrense de no hacer ruido. Si mañana seguimos aquí, quizás les cuente cómo termina la historia.

La voz ronca del hombre hizo que los niños levantaran la vista hacia el cielo rojizo. Un par de cápsulas de control hacían su rutinario viaje por los caminos de la vieja ciudad, destruida por los años y la última guerra.

El grupo se fue dispersando, internándose más y más en el callejón oscuro que servía de refugio ante los peligros del nuevo mundo. Detrás, la espalda ancha del hombre parecía mimetizarse con el aire sucio que bajaba hasta el suelo.

Una expresión de congoja recorrió su rostro y una lágrima bajó por su mejilla, mientras jugaba con la navaja que mantenía en su bolsillo. Miró con nostalgia lo que quedaba de la vieja civilización y se perdió en la niebla, pensando si esta vez lograría despertar.

No pretendo que sea éste el último artículo en mi historia con los blogs. Elegí titular así la entrada porque en unos días va a arrancar una etapa plagada de lectura, más no de navegación por Internet y procrastinación. “Cuelgo el cable” y me pongo a tipear para lo 1.0.

Dentro de un par de días voy a tomarme el trabajo de llevar el cablerío a Cablevideo para que, de una vez por todas, la factura que tenga que pagar mi vieja sea solamente por el servicio de televisión que ella tanto disfruta y yo tanto aborrezco. El 19, para ser exactos.

Parece moco de pavo, como diría mi profesora de lengua de la secundaria, pero no lo es. Teniendo en cuenta que pasé los últimos 4 años de mi existencia alimentándome a través de una pantalla, la decisión de cortar relaciones es, por lo menos, compleja.

Finalmente, voy a poder tomar la eterna decisión después de 2 intentos fallidos que lo único que hicieron fue aumentar el grado de vicio que le agarré a esta porquería. Confieso que me dio muchas satisfacciones, emocionales y económicas, pero el gasto pasa por otro lado y lo que se pierde, a la larga, termina siendo irrecuperable.

Ergo, espero que sea una decisión sin vuelta atrás. Me transformaré en esos autores que actualizan 2 o 3 veces al mes sus páginas y les da por las pelotas el número de comentarios que puedan llegar a tener. Obviamente, cuanto más feedback, mejor.

Lo curioso de irse de Internet es saber que mucha gente se va a enterar semanas e incluso meses después de que sucedió. Otra curiosidad será poder escribir páginas enteras sin ninguna distracción: cero ventanas de notificación, cero Messenger, cero ruidos de llegada de correo, cero actividad más que el cursor moviéndose y el tipeo.

Una de las razones que me impulsan a cortar la conexión definitivamente, más allá del tema económico, es el miedo que me dio la imagen de futuro que tenía si seguía tan pendiente del mundo virtual. Imaginarme en 10 años gordo, teniendo un trabajo que solamente tiene importancia dentro de los 4 márgenes de la pantalla, y encerrado en mi propia burbuja 2.0, me generó una angustia terrible.

No creo que a todos les pase. Hay gente que está acostumbrada a eso, se siente en la cima y se orgasmea (tómenlo lo menos literal posible porque nunca pasa realmente) cuando termina de programar una aplicación que le llevó meses. Hace años podría haber tomado ese mismo camino. Estudiar ingeniería en vez de comunicación y pasar el rato hablando de lenguajes de programación.

Afortunadamente (o desgraciadamente, nunca lo sabremos) las cosas fueron por otro lado, y ahora me veo en la urgente necesidad de reivindicar esa decisión. Obviamente, el problema de estar “pegado” a Internet es culpa mía en un 100 por ciento, y como mi voluntad sigue estando en el suelo, mejor prevenir que curar.

Faltan algunos días para el 19, pero decidí publicar esto hoy. Todavía hay quienes piensan que en un mes voy a estar nuevamente prendido de la conexión, volviendo con la cola entre las piernas. Algunos amigos y mi vieja están en esa pequeña lista. Ojalá se equivoquen, no por el bien de ellos, sino por el mío.

Nos vemos en el próximo post! Vaya uno a saber cuándo será…

Después de haber estado probando tiendas de ropa en Internet, decidí darle un vuelco importante al asunto y empezar a averiguar sobre la compra online de libros. Encontré varias posibilidades, algunas conocidas como Amazon o Ebay, y otras no tanto, pero igual o más eficientes.

Dicen que para comprar en Internet siempre hay que ir a lo obvio, a lo que todo el mundo usa. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”, ¿no cierto? De todas formas, ya había ido a lo poco conocido con el tema de las remeras y no me llevé ninguna sorpresa, cosa que me motivó a visitar sitios que en la puta vida había visto.

En esa búsqueda me tropecé con páginas de distintos países, librerías y proveedores. No me detuve mucho en ellos porque o no tenían una cantidad de títulos interesante o te arrancaban la cabeza y las manos con el costo de cada uno, más el envío hacia tu país. Tachados esos sitios, seguí navegando.

Así fue como llegué a dos lugares. El primero es Venta de Libros Antiguos, donde conseguí unos cuantos títulos a un precio razonable. No pude comprar ninguno porque ellos tenían el mismo problema que yo con el dinero en Paypal, pero no dudaron en responder a mis preguntas tanto por correo como por Gtalk.

Me jodió mucho no haber podido cerrar esa compra porque los títulos que había conseguido eran difíciles de encontrar a ese precio. Ni bien terminé de confirmar que no iba a poder tener esos libros, pasé al segundo sitio, Muchos Libros, una página que descubrí gracias a un post en Foro Beta.

Lo bueno de Muchos Libros es que se manejan con distintas bibliotecas de Buenos Aires, en su mayoría, y tienen una cantidad de títulos envidiable. Allí fue donde pedí El túnel, de Ernesto Sabato, esperando que el envío funcionase correctamente para luego volver a comprar.

Después de algunas idas y vueltas con Correo Argentino (por un malentendido local), el libro llegó a mis manos esta mañana y puedo constatar que Muchos Libros funciona de lujo. Tanto así que ayer, sin tener El túnel todavía en mi biblioteca, mandé a pedir 3 libros de Conan Doyle para completar mi colección de Sherlock Holmes de una vez por todas.

Ergo, si están pensando en comprar algún título por Internet, pueden ir probando ambos sitios. El primero no acepta más Paypal, a menos que les des una alternativa para retirar el dinero, y el segundo sí. También hay otras formas de pago, como en cualquier negocio 1.0.